Cuatro semanas para una canción
10-12-2005 Punto de vista
En el ecuador del Adviento, proponemos esta reflexión en la que el autor nos invita a “mirarnos al espejo y salir a la terraza para pintarnos la cara del color de la esperanza”.
Mirarse al espejo y salir a la terraza: he aquí dos magníficas y reconfortantes tareas. Tan necesarias como comer. Tan significativas y enjundiosas que disponemos de un plazo de cuatro semanas para ir llevándolas a cabo. Mirarse al espejo es de narcisistas, objetarán algunos. Salir a la terraza es de fisgones, sentenciarán otros. Allá cada uno con sus sabihondas cadaunadas.

Lo que a nosotros nos importa es que el Adviento –estamos ahora en su ecuador– nos inspira otra cosa. Incluso nos habla con música. Desde hace unos tres años circula por las autopistas discográficas una famosa canción –que muchos, sin duda, conoceréis– del argentino Diego Torres titulada Color esperanza. Rebosa optimismo y proclama con energía:

Saber que se puede, querer que se pueda,
quitarse los miedos, sacarlos afuera,
pintarse la cara color esperanza,
tentar al futuro con el corazón.


Me parece una buena melodía para adentrarnos en el espíritu del Adviento.

Adviento se llama, efectivamente, el sano ejercicio de mirarse al espejo de la Navidad y pintarse la cara color esperanza. Porque éste –y no otro– es nuestro color creyente por excelencia.

Y Adviento se llama, también, la oportunidad que de nuevo se nos regala a todos de salir a la terraza del amor de Dios y al ruedo de las víctimas del desamor para que nos dé el aire de la esperanza activa.

Un aire que nos despierta, que nos hace vigilantes, centinelas ilusionados, no rumiantes ilusos; que nos enseña a mirar y a ver, a querer y a creer, a esperar y a esperanzar, a abrazar y a aupar; que nos desmonta de la cabalgadura de la cara dura y nos obliga a bajar a la arena de las heridas del prójimo, esos dolientes labios abiertos que hablan con la máxima elocuencia, la voz del sufrimiento. Se trata de un viento recio que empuja a vivir. Porque los autoenclaustrados, los indolentes, los dormidos, los de frac de cáscara amarga y pulpa de relleno de almohada, se mueren –nos morimos– sin haber nacido, aunque hayamos celebrado muchos cumpleaños.

Juan XXIII, antes de llegar a ser Papa, escribió esto en su diario: Una frase mía habitual es que estamos en la tierra no para guardar un museo, sino para cultivar un jardín floreciente de vida y al que espera un porvenir glorioso.

No, no somos ceñudos guardas de museo, vigilantes traspuestos de una ajada tajada de tocino rancio. Somos esperanzados jardineros de párpado abierto y ojo despierto, cuidadores atentos de las mil y una plantas de la vida. Responsables, con nuestra dedicación, de que germinen, florezcan y fructifiquen tantas y tantas semillas de esperanza como existen esparcidas por los innumerables surcos del mundo.

Vigilad, velad, tened cuidado de no caer en la modorra de la mecanización de la religión, los automatismos que corrompen catecismos, la disecación de los ritos, la fosilización de las palabras, la absolutización de las fórmulas.

Vigilad, velad, porque la fe no es una biblioteca de recetas de salvación. Tampoco una botica de tranquilizantes pasados por una pila de agua bendita. El que de verdad cree no sestea. Y el que sestea no cree de verdad. Semejante principio es de tal importancia que escucharemos repetidamente en estas fechas los apremios del Evangelio para vigilar y amar.

Pero dichos imperativos no son un amedrentamiento. Ni siquiera un mandamiento. Son una obviedad: el amor da vida al que ama y al que es amado. Sólo hay una soledad: la de no ser amado. Sólo hay un pecado: el de no haber empezado a aprender a amar. Y sólo hay un remedio para tales epidemias, la vacuna que nos prescribe y administra –durante las próximas semanas– el Adviento: Vigilad.

O sea, mirarse al espejo y salir a la terraza. Para pintarse la cara color esperanza.

José Manuel Berruete
Comunidad de Santa Rita.
Madrid





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