Drama en el Missisipi
07-09-2005 Punto de vista
Desde México, una ciudad que conoce muy bien los desastres naturales, víctima de incontables terremotos, un agustino recoleto reflexiona sobre el drama vivido en la costa del Golfo en Estados Unidos.
Las agencias de noticias están saturadas. La región del Missisipi, de nuevo en el s. XXI, ha sido azotada. Si antes fue el color de la piel, hoy es el medio ambiente. Saturada por la infinidad de microbios, ozones y otros elementos que arrojamos al medio ambiente, la Naturaleza responde con furia a tanta agresividad ambiental en la que sin querer estamos viviendo.

Una vez más, el drama lo fabrican los medios de comunicación, lo padecen los habitantes del lugar, lo sufrimos los que, sin querer, postrados ante las comunicaciones satelitales vemos cómo un pueblo tecnológico no puede contra el medio natural.

Se nos muestra una Nueva Orleáns distinta, un pueblo violento y desesperado, y una nación que, de nuevo, ve con asombro que la respuesta no es tan rápida como parece, que las reacciones se hacen más por lo que se está viendo a través de la pantalla que por lo que puedan decir los gobernantes.

La imagen dantesca de una ciudad abandonada nos muestra el terror del que es capaz el medio ambiente. Los habitantes del sur de Estados Unidos sufren la impotencia desgarradora de no tener luz, agua, alimentación básica. Y en sus calles no ven el asfalto, el jardín y algún que otro columpio delante de esas casas que quedaron en la nostalgia. En esas calles hay muertos, agua, y un olor terrible que anuncia soledad y pobreza.

Unos se iban con lo puesto; eran aquéllos que estaban ya en los helicópteros, que hacían filas para lanzarse a otro lugar, impotentes y construyendo otra casa en donde poder vivir más seguros.

Pero el drama de toda esta región son los que se han quedado en lo alto de su casa, esperando quién los auxilie. Buscaban el oxígeno de la ayuda y guardaban lo poco que les queda como pertenencias. Y allí van los voluntarios y toda la gente que, de un lugar a otro, participan en las tareas de rescate, de escucha y superación de una tragedia tan poco medida y, muchos menos, esperada.

Dentro de estas situaciones, cuando va pasando el tiempo, los protagonistas van rebobinando la cinta, examinando lo que ocurrió en esos días tan inciertos. En esa película real aparecen los voluntarios, los que cargan con las quejas, el dolor y el llanto. Los que escuchan y miran, los que callan obsequiosamente, pues intentar razonar en esos momentos es provocar el pánico.

Los voluntarios que en los primeros días del mes de septiembre han estado mojándose en las pútridas aguas son los que hacen la otra parte de la Historia. Los que van poniendo color en pequeñas pinceladas en un cuadro de oscurantismo, error y terror.

Ellos no han sido noticia. Salen las autoridades que dan y reciben, que saludan y se van, que escuchan ante una cámara durante unos segundos. Los voluntarios de Nueva Orleáns y de toda aquella región son los que hoy, pasados algunos días de la tragedia, se merecen nuestro apoyo y gratitud. Son la parte buena de este drama vivido.

Ellos no son portada de las grandes revistas, pues no hay mejor trabajo generoso como éste si lo acompaña un clima de humildad y silencio, que lo hacen libre, y capaz de manejarse en cualquier situación por difícil que sea.

A todos los voluntarios hemos de darles las gracias, pues ellos son nuestros brazos, nuestro corazón y nuestra mente en momentos como éste. Las circunstancias nos limitan tanto que, en ocasiones como éstas, ellos representan a esa otra parte del ruidoso mundo que quiere paz, que desea ayudar, echar un mano.

En ellos se cumple esa frase de San Agustín que dice: “no hay peldaño más seguro para subir al amor de Dios que la caridad del hombre para con sus semejantes”. Al voluntariado que intenta dar otra cara a las situaciones de angustia, dolor y drama en los hospitales, y en las catástrofes naturales, gracias.

Francisco Javier Acero, OAR
Comunidad de Hospitales.
México D.F.






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