Recuerdo de Juan Pablo II
10-04-2005 Punto de vista
Un agustino recoleto que tuvo la oportunidad de conocer a Juan Pablo II nos describe sus recuerdos y sus sentimientos sobre el Papa Grande.
Recuerdo de Juan Pablo II
Juan Pablo II en uno de sus últimos viajes del año pasado en Berna.
La televisión me permite estar en Roma, haciendo cola para entrar en la Basílica de San Pedro y dar mi adiós emocionado a Juan Pablo II, el Papa de mi vida. Físicamente estoy en Estados Unidos; espiritualmente estoy en el Vaticano. Veo la multitud de fieles que avanza por las calles que llevan a la Plaza de San Pedro y mi pensamiento vuela a las tantas veces que yo mismo recorrí esas calles, esos adoquines (los “sampedritos”, como les llaman los romanos más castizos). Soy uno más; un católico normal caminando de nuevo al encuentro de mi hermano mayor en la fe, de mi padre espiritual, del Papa.

Cuántas veces, en los cuatro años que viví en Roma vine a su encuentro. La televisión lleva dos días enfocando durante horas la ventana de la habitación del Santo Padre en el Palacio Apostólico. Decenas de veces miré yo esa ventana y la mostré a tantos otros.

— “Sí, esa, la segunda ventana… sí, en el tercer piso…"

Una vez estuve en ese Palacio, dentro. Fue el 11 de marzo de 1996. En aquella ocasión vine al encuentro de Juan Pablo II acompañado por mi madre.

Juan Pablo II visitó España por primera vez en 1982. Yo tenía 13 años. En el colegio, el San Agustín de Valladolid, el P. Carmelo Galdeano nos mandó un trabajo para casa: hacer un informe de la visita papal con recortes de periódico. Ese fue mi primer contacto personal con el Papa. Después, durante los estudios de teología, su magisterio se convirtió en fuente de reflexión y de enseñanza. Al fin, con el asesoramiento del P. Jesús Diez, elaboré mi tesina de bachillerato en teología sobre la teología del trabajo según Juan Pablo II. De tanto leer al Papa, nació en mí un cariño muy especial hacia él.

En 1994 fui ordenado sacerdote y enviado a continuar estudios en Roma. Muchos domingos acudía a la Plaza de San Pedro para verle en su ventana y rezar el Angelus con él. Le veía tan cercano, en medio de la gente siempre, atento, cariñoso… Juan Pablo II se convirtió en el modelo de sacerdote que yo deseaba ser. Y sentí un profundo deseo: celebrar mi aniversario como sacerdote junto a él.

Y así llegamos al 11 de marzo de 1996. Yo había solicitado concelebrar la Eucaristía junto al Santo Padre en su capilla privada. Alguien me había dicho que eso era posible, pero sumamente improbable de conseguir. ¿Quién era yo para ser recibido por el Papa? Mi madre me visitaba en esos días y sería el mejor regalo de aniversario imaginable. Envié mi petición a la Santa Sede y… el día 10 recibí una llamada del Vaticano con la feliz noticia.

A las 6:00 de la mañana, mi madre y yo estábamos en el puesto de mando, conversando con la Guardia Suiza, en sus trajes originales y coloristas. Llegaron otras 14 personas. Subimos al apartamento privado del Papa. El secretario personal del Papa, Monseñor Dziwisz tomó de la mano a mi madre:

— "Señora, usted en primera fila. Que su hijo va a concelebrar con el Papa."

Nos pidieron silencio total, para no molestar al Papa en los últimos momentos de su meditación. Yo iba el primero, junto al otro sacerdote que concelebraría. Se abrió la puerta de la pequeña capilla y ahí estaba Juan Pablo II, mirando al sagrario, orando. Los 16 invitados y las religiosas polacas que atendían al Santo Padre nos dispusimos para la celebración. Yo miraba de perfil a Juan Pablo II. Mi sueño hecho realidad.

El otro sacerdote sólo hablaba inglés, así que leyó el Evangelio. El resto de la liturgia sería en italiano. Tuve el privilegio de estar junto al Sucesor de Pedro, a su lado, en su casa, celebrando la Eucaristía. ¿Cómo describir los sentimientos en los diferentes momentos de la celebración? Lo que sentí al decir: “con nuestro Papa Juan Pablo”, mientras mis dedos rozaban su casulla; tomar el cáliz en la elevación, mientras el Papa elevaba el Cuerpo de Cristo; estar entre sus brazos en el saludo de la paz; ver a mi madre comulgar de sus manos…

Fue una celebración lenta, meditativa, con silencios y adoración, viviendo el Misterio del Amor de Dios.

Después de la Misa, pasamos a la biblioteca del Santo Padre, que tantas veces había visto en televisión, cuando recibía a los jefes de Estado.

— "El Santo Padre va a venir a saludarles."

Y entró él, sonriente, pausado. Fue saludando a las personas que nos precedían. En español nos bendijo a mi madre y a mí. Durante dos minutos conversamos con él sobre mi presencia en Roma, sobre mi primer aniversario como sacerdote. El Papa preguntó a mi madre si le alegraba tener un hijo sacerdote, si tenía más hijos…

— "La mamá, el hijo… ¿dónde está el papá?"
— "Mi padre murió hace 4 años", respondí.
— "Elevemos una oración al Señor –dijo él- para que esté en Su presencia."

Nos regaló un Rosario (cuántas veces me ha acompañado en mi oración junto a María desde ese día) y nos agradeció la visita.

Miles de veces he recreado esa jornada en mi mente. El día más emocionante de nuestra existencia. Mi madre y yo estuvimos allí, junto al Papa, en sus estancias privadas. Nosotros, dos simples católicos, dos personas comunes. Juan Pablo II nos abrió las puertas de esos lugares que siempre consideramos para los poderosos, para los importantes. Y quizás más que nunca comprendimos que nosotros éramos importantes para él, como lo somos para Dios. Ese día mi madre y yo tuvimos la atención del Papa durante unos minutos, conversamos con él, disfrutamos de su compañía y del hermanamiento en la fe. El Papa es el Vicario de Cristo, lo sabemos, y Juan Pablo II nos lo mostró también, con sus viajes, con sus sonrisas, con las miles de fotos que hemos visto de él besando a niños, jóvenes y enfermos. Pero el 11 de marzo de 1996 nosotros tocamos con los dedos las suaves manos del Papa y él nos tocó el alma.

Hoy Juan Pablo II vuelve a sonreírnos, sí, desde su casa del Cielo.




¿Y tú que opinas?