Reflexiones de un colaborador del Papa
08-04-2005 Punto de vista
El agustino recoleto Eusebio Hernández es uno de los cuatro jefes de sección de la Congregación de Religiosos, la que se encarga de la animación y promoción de la Vida Consagrada. Comparte con nosotros sus impresiones y recuerdos.
Reflexiones de un colaborador del Papa
Retrato de Juan Pablo II, en la parroquia recoleta de Tre Pini (Roma)
El sábado 2 de abril, a las 21,50 horas, cuando se nos anunció el retorno del Papa a la Casa del Padre, todos sentimos una gran pena, una profunda tristeza, un vacío inmenso que nos llenaba el corazón.

Creo que, tras estos primeros sentimientos, ha brotado en el corazón de todos la necesidad de dar gracias al Señor por el gran don que nos ha hecho con la presencia, la vida y la misión apostólica de este Santo Padre. Todas las personas del mundo (niños, jóvenes, novios, familias, gobernantes, intelectuales, enfermos, pobres, religiosos, sacerdotes, obispos, todos los países del mundo, del este al oeste y del norte al sur), todos hemos recibido tanto de sus palabras, de su testimonio, de su figura fascinante, de sus escritos; todos hemos podido acercarnos a él como pastor y maestro de la Iglesia para recibir apoyo, sugerencias y esperanzas. Nadie se ha sentido excluido de sus preocupaciones e intereses pastorales.

De su vida querría señalar tres aspectos que me han impresionado profundamente.

1.— Juan Pablo II ha sido un gran místico. Su unión con Dios, alimentada por una oración prolongada —a la que dedicaba no menos de dos horas al día— ha sido la fuente de su vitalidad y la fuerza de su servicio pastoral. Su capacidad de unión con el Señor era tan grande que casi lo aislaba del mundo circundante (la gente, los ruidos…) y lo concentraba del todo en Dios. Esto saltaba a la vista cuando se iba a su capilla privada para concelebrar la misa: se le veía de rodillas, con la cabeza entre las manos, en un profundo recogimiento y meditación. En su capilla privada de Cracovia he podido ver, junto al reclinatorio, la mesilla sobre la que con frecuencia escribía pensamientos, reflexiones espirituales o apuntes para iniciativas pastorales.

2.— Juan Pablo II ha sido, además, un gran profeta de nuestro tiempo. La profecía nace de la amistad con Dios, de la escucha atenta de su palabra. Su busca apasionada del rostro de Dios lo llevó hasta las últimas fronteras del mundo, con sus 104 viajes internacionales, más de 1.200.000 km. —equivalente a 31 vueltas a la tierra—, con la intención todo ello de “confirmar en la fe”, de testimoniar la fuerza del Evangelio, de comunicar el amor de Dios, de encontrar al hombre extraviado y necesitado, de denunciar con energía y sin miedo los abusos contra la dignidad y la vida del hombre.

Su rostro fuerte y sereno, su capacidad de llenar de esperanza las situaciones más difíciles de la vida, han fascinado a millones de jóvenes, abriendo su corazón a Cristo y ofreciendo a la Iglesia vías de nueva vitalidad.

3.— En fin, Juan Pablo II ha sido un gran misionero. El grito de Jesús en la cruz “Tengo sed” y el “Nos urge la caridad de Cristo”, que escribió san Pablo, han sido para él un imperativo apostólico. Se veía en él la urgencia por activar una nueva evangelización capaz de alcanzar todos los confines de la tierra. Era consciente de la necesidad y urgencia de este compromiso misionero: era el “momento favorable” que la Providencia nos había asignado.

Y, dentro de esta pasión misionera, querría subrayar su preocupación por el mundo del sufrimiento y la enfermedad. Después del atentado del 13 de mayo de 1981, y sobre todo estos últimos años, hemos podido ver en él al hombre de dolores de la profecía de Isaías. Aquel hablar tan excepcional con su voz persuasiva, ha quedado condenado al silencio en estas últimas semanas, aunque nunca ha hablado con tanta fuerza como con su dolor. Con el dolor de su cuerpo y la humillación de su progresiva incapacidad —que él ha llevado con serena fortaleza—, ha dado autenticidad y significado al sufrimiento de todos y cada uno de los hombres. Los enfermos, discapacitados, ancianos y personas solas han encontrado en su testimonio la fuerza para vivir con serenidad los momentos difíciles de su vida.

Y me gustaría concluir con un pensamiento que, para mí, resume las principales preocupaciones pastoral del papa Juan Pablo II. En su último mensaje para la Jornada de la Paz del pasado 1 de enero, decía, citando a san Pablo: No os dejéis vencer por el mal; antes, venced el mal a fuerza de bien (Rom 12, 21). Este concepto, este imperativo moral, constituye la respuesta clave a los problemas que el Papa ha vivido y afrontado en su libro–testamento Memoria e identidad. Creo que este proyecto de vida —vencer el mal a fuerza de bien— es la respuesta a los grandes desafíos de la humanidad que el Santo Padre ha presentado este año al cuerpo diplomático, hablando “de la defensa de la vida desde su concepción”, “de la justa distribución de los bienes”, “de la construcción de la paz sin ninguna violencia”, “de la promoción de la libertad de todas las personas”. Éstas han sido las grandes pasiones apostólicas que han guiado y animado el pontificado de Juan Pablo II.



¿Y tú que opinas?