Impresiones personales de un testigo directo
03-04-2005 Punto de vista
Un agustino recoleto residente en Roma nos cuenta sus impresiones de una larga noche vivida en la Plaza de San Pedro acompañando la agonía y muerte de Juan Pablo II.
Eran como las 9,50 de la noche del 2 de abril. Cuando entraba en la plaza de San Pedro, me llamó la atención el silencio reinante, la cantidad de gente que se encontraba arrodillada y llorando. Inmediatamente oí cómo se comentaba: —¡El Papa ha muerto! Una sensación de tristeza, de silencio se apoderó de mí. Por la megafonía escuchaba la voz del cardenal Sodano rezando por el eterno descanso de Juan Pablo II. Contemplé las imágenes que iban proyectando las gigantescas pantallas de televisión: personas llorando, rezando, velas encendidas… aplausos dirigidos hacia la ventana iluminada de la habitación del Papa.

Una plaza abarrotada por una multitud que inicia el rezo del rosario, que de hito en hito mira con emoción y lágrimas hacia el apartamento papal. Silencio, plegaria elevada al Padre por su hijo que acaba de presentarse ante Él, conmoción colectiva… Pero, sobre todo, una gran serenidad se respira en el ambiente. Desde el tercer misterio del Rosario se une a nuestro rezo el triste llanto de las campanas de la basílica de San Pedro, con lo que una emoción mayor envuelve el ambiente y desata los sentimientos que se expresan en el llanto contenido.

Mi mirada va de la pantalla a la ventana de la habitación papal. Me encuentro muy cerca de una de las fuentes de la plaza, que derraman sus lágrimas a chorros generando una triste melodía. Seguimos meditando los misterios gloriosos y pidiendo a la Virgen, el gran amor de Juan Pablo II, que presente ante su Hijo a nuestro buen Papa.

María, como en Pentecostés, se encuentra en esta plaza acompañando nuestra oración y consolando a su Iglesia con su presencia y, nuevamente, nos dice: Haced lo que El os diga. Una invitación a confiar en su Hijo, que es el esposo de la Iglesia y que en estos momentos, por su Espíritu, se hace presente en el vacío que produce la Sede vacante.

Terminamos esta vigilia de oración casi a la una de la madrugada del día 3 de abril. Un aplauso emocionado, de varios minutos de duración, nos sirve para expresar el cariño que sentimos por Juan Pablo II. Personalmente recordé las varias veces que tuve la dicha de saludarle y agradecí al Señor ese don.

Con dolor,gratitud y confianza en el Espíritu abandono la plaza de San Pedro, no sin antes dirigir la última mirada a la ventana aún iluminada de los aposentos papales.



¿Y tú que opinas?