¿Quién fue Juan Pablo II?
03-04-2005 Punto de vista
El Papa ha muerto. Hace tiempo que sabíamos de su enfermedad y durante las últimas semanas le hemos acompañado en su agonía. ¿Quién ha sido Karol Wojtyla?
Juan Pablo II ha sido el mayor líder religioso y social del mundo de los últimos 25 años. Un líder primeramente religioso pero que desde su fe trasciende las fronteras de la religión.

El Papa ha tenido una vida intensa y agitada, fiel reflejo del siglo XX. Nacido en Wadowice (Polonia) en 1920, fue ordenado sacerdote a los 26 años, obispo a los 38, cardenal a los 47 y Papa a los 58.

Su vida estuvo marcada por la tragedia y la esperanza. La tragedia y el dolor le envuelven desde la niñez tanto en su vida personal como social. Su madre muere cuando él es un niño de 9 años, su único hermano lo hará cuando contaba 12 años, y finalmente, su padre morirá cuando tiene 20 años. Así nos encontramos con la primera característica del Papa: la soledad y el dolor. Este hombre de multitudes es alguien que desde muy temprano ha experimentado los zarpazos de la muerte.

Pero la tragedia no es sólo personal. El Papa participa del drama colectivo de su país. Polonia fue brutalmente invadida primero por la Alemania nazi en el año 1939 y más tarde por las tropas soviéticas que dejarán un gobierno títere de los comunistas de Moscú. Ambos sistemas no sólo niegan sino que tratan de destruir tanto la cultura e historia polacas como la fe cristiana. Ambas muy queridas y estrechamente vinculadas en la mente del joven Karol. Aquí aparecen otras características. Este Papa que tanto ha influido en el mundo social y político es un Papa que no da excesiva importancia a la política. Para él lo primero es la fe y en relación con ésta la cultura. “En el centro de la cuestión cultural está el sentido moral, que a su vez se apoya y encuentra su perfección en el sentido religioso”.

Y así, tanto de joven sacerdote, como más tarde, siendo ya obispo y Papa, dará una gran importancia a la evangelización de la cultura. Esta lucha por preservar tanto la cultura y tradición polacas como la fe cristiana hacen que para él la relación entre fe católica y cultura sea muy positiva. Es clarificadora y liberadora. El Papa, formado en la lectura de los románticos polacos que reconocían en el catolicismo la levadura que había hecho posible el nacimiento de una conciencia nacional, no tiene los problemas que otros hombres de fe se hacen desde tradiciones distintas... En relación con esto está también su visión positiva del patriotismo. El Papa es un defensor de todas las culturas como lugar de socialización del hombre, siempre que no se autodivinicen a sí mismas, pues “la divinización de la nación es la antecámara del totalitarismo”. “Antes y por encima de todas y cada una de las nacionalidades existe una unidad de fondo que acerca entre sí a todos los seres humanos”.

Estas experiencias negativas no hacen de él un pesimista ni un sarcástico. El Papa va a ser siempre un hombre de esperanza. No la vana esperanza del optimista que o no ha experimentado el mal o se autoengaña a sí mismo con el idealismo de un mundo prometeico. Su esperanza se basa en la fe cristiana. Esta fe y esperanza es la que le llevan a participar primero en la resistencia cultural polaca frente al invasor nazi, a luchar más tarde contra el uniformismo ateo marxista, y en estos últimos años contra el relativismo moral de cortas miras de Occidente.

No podemos entender cabalmente la estatura espiritual del Papa, ni su denodado mensaje de confianza en la supremacía del espíritu sobre la debilidad humana sin su historia personal. ¿Cómo se ha hecho este Papa? ¿Quiénes han sido las personas que le han ido modelando?

Tres son las personas que han modelado intensamente su espíritu: su padre, un hombre muy religioso, modelo de fe profunda y recia. De él recibe el legado de “ser un verdadero adorador de Dios... en espíritu y en verdad”; el sastre y místico Jan Tyranowski que le “dio a conocer a los grandes místicos españoles y, especialmente, a san Juan de la Cruz... Para poderlo leer en el original aprendí la lengua española”; y el arzobispo de Cracovia Sapieha que guía sus primeros pasos de seminarista y sacerdote. Sapieha, hombre de gran personalidad, será en muchos casos su referente pastoral.

Desde el año 1946 cuando es ordenado sacerdote a la edad de 26 años su vida tiene un eje muy claro: la misión y evangelización desde la fidelidad al mensaje revelado y a la Iglesia. Karol Wojtyla romperá moldes y clichés pero siempre desde la fidelidad radical a la tradición y a la Iglesia. Y eso mismo les pedirá a sus sacerdotes. Karol es un sacerdote intensamente entregado: profesor en la universidad, animador de jóvenes y guía de matrimonios. Esas mismas tareas las seguirá desempeñando en sus siguientes ocupaciones como obispo, y aún como Papa serán tres referentes de su misión evangelizadora: la relación fe-cultura; los jóvenes, “esperanza de la Iglesia y del mundo”; y los matrimonios, iglesia doméstica y verdadero camino de santidad.

Como Papa en un primer momento llamó la atención por su juventud y exuberancia física. Un Papa políglota, deportista y muy buen comunicador. Pronto se verá que es también un Papa viajero, encarnación de la dimensión universal de la Iglesia; defensor de la libertad y de los derechos humanos, verdadero paladín moral del bien, la verdad y libertad, aunque también es verdad que no son pocos los que, debido a su defensa clara de la moral y dogma tradicionales, ven en él un viejo autoritario e intolerante. Si Pablo VI fue el Papa interpelador, el de las grandes preguntas tan típicas de la modernidad, Juan Pablo II habla desde la seguridad y lo hace con autoridad. En su magisterio ha intentado conjugar la verdad de Cristo, la unidad de la Iglesia y la libertad del hombre. Y todo esto lo dice ante el mundo con respeto y amor, pero sin miedo ni complejos.

Pero ¿qué es lo que está por detrás de todas sus múltiples acciones? En nuestra opinión los dos ejes de su pontificado aparecen en dos de sus encíclicas: la primera, Redemptor hominis donde ya aparece su humanismo cristocéntrico. En ella “el Misterio de la Redención está visto con los ojos de la gran renovación del hombre y de todo lo que es humano, propuesto por el Concilio, especialmente en la Gaudium et Spes. La Encíclica quiere ser un gran himno de alegría por el hecho de que el hombre ha sido redimido por Cristo”; y la encíclica que dedica al tema sobre la conexión entre la verdad, la libertad, la conciencia y la ley: la Veritatis Splendor.

El Papa cree en la existencia de verdades universales y por tanto de derechos y obligaciones universales. El relativismo moral es una tentación que en última instancia nos lleva a la desorientación total. El Papa nos advierte del “riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia política cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola absolutamente del reconocimiento de la verdad. En efecto, si no existe una verdad última –que guíe y oriente la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin principios se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”. En esta encíclica el Papa no sólo rechaza los errores del relativismo sino que nos invita a basar nuestra vida moral en el seguimiento e imitación de Cristo.

Obviamente con esto no se acota un pontificado tan rico y plural. El Papa ha intentado una clarificación doctrinal de la propia Iglesia. De ahí su firmeza en la defensa del dogma y tradición católicos. Ha sido un Papa que se ha abierto a las demás religiones (encuentro de Asís) especialmente a los judíos, “nuestros hermanos mayores en la fe”, y también al Islam, sin negar nunca lo propio del mensaje cristiano; ha reconocido y pedido perdón por los pecados cometidos en los 2000 años de historia cristiana; ha sido un hombre muy religioso: un verdadero profeta y místico que veia su vida desde Dios; un sacerdote de una gran devoción mariana, un intelectual que apreciaba y se sentia cercano a la piedad popular; un promotor de los nuevos movimientos laicales en quienes ve un camino de reforma eclesial; un abogado de la santidad; una persona franca que también sabe escuchar...

Juan Pablo II es un Papa del postconcilio. Él se sentía profundamente identificado con el concilio Vaticano II aunque, y no podía ser de otro modo, la suya es una interpretación del concilio. La interpretación según la cual el centro del concilio lo constituye la constitución sobre la Revelación. Es decir que hay que leer la Gaudium et Spes desde la Lumen Gentium.

El Papa, un creyente que ha jugado su vida por el Evangelio en situaciones extremas, nos invita a redescubrir la radicalidad del cristianismo, pues Cristo lo pide todo aunque también lo da todo. Si lo hacemos redescubriremos una Iglesia que desde su fe en Cristo está al servicio del hombre. Una Iglesia que debe ser fiel tanto a su propia identidad basada en la revelación aunque sin caer en el fundamentalismo, como a su misión evangelizadora sin caer en la peligrosa tentación de la relevancia social o fácil acomodo a los tiempos que le lleve a olvidar su propio ser y que de hecho, y a la larga si no a la corta, le harían insignificante.

Así pues el Papa nos ha enseñado la necesidad de recuperar una visión verdaderamente religiosa, esto es teocéntrica de Dios y del mundo. Si hacemos esto germinará en nosotros la verdadera esperanza que no consiste en inútiles y falsos optimismos, sino que brota de saber que Dios es el señor de la historia. Sólo así podremos captar el mensaje con el que inició su pontificado en el ya lejano otoño de 1978: “No tengáis miedo, hombres y mujeres, abrid de par en par las puertas a Cristo. En Él está la única, la verdadera esperanza”.

Gracias, Juan Pablo II, por tu ejemplo y el don de tu vida. Contigo decimos Totus Tuus. Y le pedimos al Señor por intercesión de su madre de quien eras tan devoto que descanses en paz.




¿Y tú que opinas?