La Palabra en la Eucaristía dominical: domingo II de Pascua
04-04-2018 La Palabra
Hch 4,32-35: Todos pensaban y sentían lo mismo. Sal 117,2-4.16ab-18.22-24: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. 1Jn 5,1-6: Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Jn 20,19-31: A los ocho días, llegó Jesús.

Existen dos peligros en la formación y vivencia de la sociedad humana, civil y religiosa; es algo que el ser humano lleva dentro, desde su nacimiento hasta su defunción. Y es: acentuar las diferencias con menoscabo de la unidad y enfatizar la unidad con detrimento de las diferencias. El ideal sería combinar las diferencias para crecimiento de la unidad y mantener la unidad para vigencia de las diferencias. Creo que la humanidad, deficiente en sí – el yo humano, personal o social es excesivamente pretencioso -, no puede conseguirlo por largo tiempo. La consecución o acercamiento a ese ideal, perfección de los miembros y de la sociedad, nos proviene de la acción del Espíritu Santo: diferentes dones y un solo Espíritu. Pero la intervención del Espíritu no nos exime, personal y comunitariamente, de una colaboración para conseguirlo; más aún, nos fortalece para ello. La primera lectura nos ofrece un cuadro muy apropiado para recordarlo, como realidad vivida y como realidad a realizar, en cada persona, en cada momento y cada circunstancia. Cuenta para ello, hermano, con la ayuda del Espíritu del Resucitado, y trabájalo.

Y la unidad, con la edificante diferenciación, se basa en la comunión con Dios, principio de unidad y de diversificación. Las tres virtudes teologales nos llevan a él y a la trabazón de unos con otros en santa comunión: fe, esperanza y caridad. El amor es la mayor. Pero cabe que se la interprete deficientemente. De ahí, la insistencia de la carta, segunda lectura, en recordar que el amor se manifiesta y toma cuerpo en la obediencia a la voluntad de Dios: “Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos”. Hemos de acudir frecuentemente a esta directiva, para no confundir el yo nuestro con el Tú de Dios. En nuestra ayuda viene la fe. Y la fe nos lleva a Jesús, al Jesús que murió y resucitó por nosotros. En él vencemos al mundo. Y no es naturalmente la “fórmula” la que nos introduce realmente en la comunión con Dios, sino su gracia y nuestra colaboración a ella.

El evangelio nos ofrece un cuadro denso y magnífico. Jesús, Jesús Glorioso, a quien se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, ocupa el centro de la escena. De él toda acción salvadora y hacia él la orientación toda de los personajes todos que aparecen en la descripción. Jesús siempre en medio, irradiando poder y majestad. En torno a él, los suyos; en perspectiva, la Iglesia entera de todos los tiempos. Ahí estás tú, hermano; ¿no te reconoces? Trata de hacerlo.

Y lo primero que salta con gracia de sus labios divino-humanos es la “paz”. Paz que nos pone en comunión con Dios, paz que nos introduce en fraternidad con los seguidores de Cristo, paz que inicia una reordenación de la propia persona y nos abre a la eternidad; paz, en resumidas cuentas, que nos hace pregustar la vida eterna.

Con el saludo, la manifestación plástica de su condición humana de Resucitado. Y como humano y resucitado, el poder concedido por Dios de alargar su obra, de muerto y resucitado, a lo largo de la historia: el “envío-misión” recibida del Padre envía y comisiona a los suyos con el mismo poder que él posee como resucitado, llevar al hombre a Dios, limpio de todo pecado. Para la realización de semejante misión, es misión salvadora a lo divino, la necesaria potestad para llevarla a cabo: el don del Espíritu Santo. La Iglesia tiene el poder de perdonar los pecados, en Cristo Jesús Resucitado.

La escena de Tomás nos introduce en una nueva temática: la incredulidad del apóstol debe curar la nuestra. Además, nos advierte del peligro que corremos de pedir a Dios pruebas a nuestro estilo y capricho para dejarnos curar por él: “Si no veo sus manos … no lo creo”. Actitud sumamente peligrosa de rechazar el testimonio cualificado – “como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros” -, del colegio apostólico; no aceptarlo es no aceptar el de Cristo. Nos movemos en el terreno de la fe, no de la visión. Intentar cambiar ese orden es tentar a Dios. Para terminar el cuadro con la confesión de Tomás y la específica bienaventuranza de Jesús: “Dichosos lo que crean sin haber visto”. Sigue, hermano, ese proceso y vivirás.




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