TIEMPO DE ESPERANZA
01-12-2017 Hoy celebramos…
En la tarde de este sábado iniciamos el tiempo litúrgico del Adviento; el cual podemos describir como el itinerario espiritual que nos prepara para la celebración de la Navidad, donde la Iglesia hace memoria de la encarnación y nacimiento de Jesucristo. Este sendero está caracterizado por la fundamental presencia de María, la mujer oyente y orante, que acogió la Palabra de Dios en su mente y en su seno; con ella queremos iniciar este andar hacia la Navidad.
No estamos solos, María espera con nosotros siempre. Y ¿qué “espero cuando espero”? Dice un refrán que “quien espera, desespera”; yo diría que depende de aquello en lo que pones tu esperanza. Y entre tanto trabalenguas, profundicemos en esta virtud teologal, como ha sido llamada. María esperaba algo más de lo rutinario, de lo convencional, del día a día de los minutos y los días. Sí, soñaba, anhelaba. Dispuso su alma, su corazón, sus entrañas, al cumplimiento de las promesas del Señor, la esperanza la mantenía en continua vigilancia, como el centinela de la mañana al amanecer de las cosas de Dios; aquellas que son pequeñas, sencillas, pobres. ¿Dónde ponemos nuestra esperanza, nuestras ilusiones y sueños?

Cuando sentimos la llamada del Señor a la vida religiosa, somos invitados a vivir de esa misma esperanza que motivó a María a decirle SÍ al Señor. Lo irrealizable es posible en un corazón disponible cuando Dios es la razón de nuestra espera. No dejemos de asombrarnos por el cumplimiento de las promesas de Dios en nuestra pequeñez y limitación. La esperanza trae consigo la confianza, el coraje, la valentía de aquel que siente desde lo más profundo, que nada está perdido, que continuamente estamos llamados a empezar de nuevo, que la espera en algo mejor para todos ya está aquí entre nosotros, como la más insignificante semilla llamada a dar fruto abundante. Sí, en esto pone María también su esperanza, en que dejemos al Espíritu que nos envuelva y con nuestro “hágase” podamos dar testimonio en nuestro hoy de que las promesas de Dios se cumplen en ti y en mí.


Hermana Ana R. Martínez Ramírez, Misionera Agustina Recoleta



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