Domingo XXX del tiempo ordinario: Dios no es una vaca
29-10-2017 Punto de vista
«El amor siempre habla en imperativo, no hace memoria ni fundamenta el presente en el pasado, ni premedita un futuro sino que es un continuo “Ámame” espontáneo y visceral que Dios dirige a cada uno de nosotros. Por eso, este mandamiento es el primero y principal a través del cual todos los otros se tamizan y abandonan la categoría de leyes desencarnadas y agobiantes, para convertirse en tentáculos de este ámame eterno que este Dios, convertido en celoso amante, continuamente nos reclama. Qué otra cosa puede decir el Amor, Dios mismo, sino “Ámame”».

Allá por el siglo XIII el Maestro Eckhart decía que «Hay gente que quiere ver a Dios con los mismos ojos con que ve a su vaca, y quiere amarle como quiere a la vaca: la quiere porque le da leche y queso y le resulta provechosa. Lo mismo sucede con todos los que aman a Dios para alcanzar riqueza exterior o consuelo interior. Los que aman así no aman a Dios sino su propio provecho». Quizá nosotros estemos alejados del mundo rural o nos parezca una referencia demasiado rústica, pero la afirmación del teólogo alemán creo que puede describir muy bien lo que nos propone el evangelio de este domingo.

No abandonamos el clima de confrontación. La ley constaba de un total de 613 preceptos de los cuales 365 eran prohibiciones y 248 eran positivos. Entre todo este mar de leyes y preceptos, que habían de observarse con rigor, la pregunta, si no procediese de quien procede, tiene su lógica ¿cuál es el mandamiento principal? Jesús condensa en dos mandamientos todo lo escrito en la Alianza, la ley y los profetas. El amor, es pues, la única manera de ser fiel a la alianza, al pacto de Dios con los hombres. Este mandamiento es un continuo presente, un manantial inagotable, carece de tiempos, no puede ser convertido en una ley. El amor siempre habla en imperativo, no hace memoria ni fundamenta el presente en el pasado, ni premedita un futuro sino que es un continuo “Ámame” espontáneo y visceral que Dios dirige a cada uno de nosotros. Por eso, este mandamiento es el primero y principal a través del cual todos los otros se tamizan y abandonan la categoría de leyes desencarnadas y agobiantes, para convertirse en tentáculos de este ámame eterno que este Dios, convertido en celoso amante, continuamente nos reclama. Qué otra cosa puede decir el Amor, Dios mismo, sino “Ámame”.

Así de simple, así de liberador, así de fácil de entender, aunque no muy fácil de vivir. Amar, amar y amar. Amar a Dios en el hombre y amar al hombre en Dios. Todo está englobado aquí. Esta es la voluntad de Dios y este es su precepto. Este es el primero, el segundo y el décimo; todos se resumen en estos dos.

Nosotros no tenemos tantos mandamientos, solamente 10. Da igual tener 10 que 537. Lo que hay que mirar es el espíritu con el nos relacionamos con la ley. Y no solamente en tiempos de Jesús, sino que hoy hay mucha gente que todavía tiene toda su confianza puesta en ella, y creen que cumpliendo la ley a rajatabla se acumulan méritos por docenas y se mantiene a Dios más feliz que un regaliz. Además, nos negamos a desterrar la casuística, parece que nos encanta. Nos preguntamos qué hay que cumplir, qué obliga, hasta dónde se puede llegar sin que Dios se enfade, cuándo se peca, cuándo no… llegamos a hacer distinciones ridículas y absurdas, pero que para muchas personas generan demasiado sufrimiento. Sería más útil, más sano y más cristiano, que en vez de confundir las relaciones con Dios con el Código de Derecho Penal, nos preocupásemos todos por encontrar el principal mandamiento, el valor básico del que nunca nos podremos desprender y nos dejásemos de tonterías.

Responder adecuadamente al amor de Dios a través del hombre, supone articular nuestra vida desde el amor verdadero, amando hasta que nos duela, que decía Teresa de Calcuta. Nosotros tenemos que entrenarnos al igual que los deportistas de alta competición o de quienes están empeñados en aprender a tocar un instrumento musical, siendo conscientes de que los resultados no dependen solamente de nosotros, de nuestro esfuerzo. Escuchar, ponerse en el lugar del otro, hablar con sinceridad y franqueza, trabajar en común, confiar sin límites, aceptar las diferencias, perdonar sin reservas, respetar la libertad… son algunas de las tareas que debemos emprender en nuestro entrenamiento, que exige esfuerzo y acallar nuestro egoísmo, pero que va en beneficio de este mundo que Dios nos ha regalado pues entonces podremos construir fraternidad. Volviendo al principio, Dios no es una vaca, pero si le amamos de verdad, los demás podrán beneficiarse de nuestros frutos. “Ámame” nos dice Dios, ¿a qué esperamos?

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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