A una semana de la visita del Papa Francisco…
25-02-2016 Punto de vista
“El mensaje que esperábamos dirigido hacia los “malos”, se tornó en una radiografía personal. Tal como en Pentecostés, cuando cada persona oía hablar a los apóstoles en su lengua nativa, nosotros vimos descubiertos nuestros egoísmos, nuestros miedos y nuestras flojeras. Nos dimos cuenta de que la realidad empezaría a cambiar en el mismo momento y al mismo ritmo en que nuestro corazón se volviera hacia Dios”.
A una semana de la visita del Papa Francisco…
Héber Hermosillo Sánchez

Poco a poco, México va volviendo a la “normalidad”, y entrecomillo normalidad porque no me refiero a la sensación de hastío y desconfianza que imperaba en nuestro país de un tiempo a la fecha, donde el optimismo y el empuje característicos del mexicano eran aplastados por una realidad cada vez más cruda e hiriente, con mentiras contadas con descaro y burla, y sobre todo, con la mentira de que nada se podía hacer para cambiar. Me refiero a la normalidad que encuentra sus raíces en la hondura del corazón de un pueblo que sueña, cree, espera, ama y trabaja por un mejor mañana.

La visita del Papa Francisco más que una bocanada de aire fresco ha sido una verdadera tormenta de bendiciones para un país tan lastimado como México. Sin embargo, como en toda tormenta, la limpieza y frescura van precedidas por una remoción de la suciedad que se ha ido acumulando por el descuido y la mala voluntad humana. Y es el caso de este acontecimiento que sobrepasó expectativas en todos los órdenes.

Las redes sociales sirvieron como foro para poner de manifiesto tanto la emoción como el descontento. Por un lado, estaban los que veían en la visita una caricia de esperanza de parte de Dios y el Papa al pueblo mexicano, y por otro lado, estaban los que sentían que su presencia vendría a suavizar a un pueblo ya de por sí aletargado o, por lo menos, a crear gastos “innecesarios” en ciudades laceradas por el desvío de recursos y demás prácticas corruptas.

Tan sólo descender del avión, Francisco, con sus gestos sencillos y espontáneos, logró algo que muchos veíamos imposible: dispuso el oído y el corazón de toda la nación para escuchar el mensaje del evangelio, ya de los que veían con gusto su visita, ya de los que la veían con desagrado. Sus palabras corrieron como aceite en las heridas, en algunos casos para sanar, y en otros, por lo menos, para hacerlas más llevaderas hasta el día en que sean sanadas.

Muchos esperaban un mensaje político que hiciera voltear los ojos de la opinión mundial hacia nuestro país, cosa poco necesaria a mi parecer por dos razones muy simples: primera, porque ya en todos lados se sabe que México no es, precisamente, un ejemplo de justicia, transparencia y paz; y segundo, porque sería ingenuo pensar que el cambio va a venir de fuera. Otros tal vez esperaban una reforma exprés de las estructuras eclesiásticas para ajustarlas a las nuevas exigencias que impone la “sociedad moderna”; otros más, simplemente querían ver a una figura pública, “famosa”, con la cual adornar un perfil de Facebook. Y sin embargo, más allá de todo esto, Francisco trajo un mensaje profético; un mensaje que recordaba que el mayor problema no estaba en las estructuras sino en el corazón y en el espíritu de aquellos que las hacían injustas, de aquellos incapaces de mostrar misericordia hacia el hermano sufriente porque ellos mismos no se dejaban acariciar por la misericordia de Dios.

El mensaje que esperábamos dirigido hacia los “malos”, se tornó en una radiografía personal. Tal como en Pentecostés, cuando cada persona oía hablar a los apóstoles en su lengua nativa, nosotros vimos descubiertos nuestros egoísmos, nuestros miedos y nuestras flojeras. Nos dimos cuenta de que la realidad empezaría a cambiar en el mismo momento y al mismo ritmo en que nuestro corazón se volviera hacia Dios. Que una fe, si no es vivida en las pequeñas acciones que tejen nuestra cotidianidad, se convierte en una pieza de museo, cuando no en una moneda sin valor. Que un gobierno sin honestidad y sin verdadero empeño por el bien común se vuelve en un instrumento de deshumanización y muerte; que un clero que no busca encarnar el evangelio en la realidad y que no refleja la ternura de Dios se transforma en obstáculo del plan de Dios; que los empresarios, si no ponen por encima el valor de la persona sobre las ganancias de mercado, se convierten en máquinas de esclavitud y humillación; que las familias que no luchan por hacer crecer el amor en la entrega y el perdón mutuos se vuelven cuna de egoísmo y desintegración social; que un joven sin sueños y valentía para remar contracorriente se entrega como carne de cañón o mercancía barata de intereses diabólicos; en fin, que un cristiano que no está dispuesto a imitar a Jesús practicando la samaritanidad, podrá ser todo, menos cristiano.

Mucho se podrá hablar, seguramente, de todo lo que Francisco ha dejado a su paso por México, pero no soy yo, tal vez, el más indicado para hacerlo; por un lado, porque mi conocimiento es muy imperfecto, y por otro, el más decisivo, porque yo soy parte de esos problemas que empañan al pueblo y la Iglesia mexicanos. Una cosa sí tengo clara: a mí la visita del Papa me dejó una piedra de apoyo, un anhelo y una meta: Jesús.


Héber Hermosillo Sánchez, JAR-Chihuahua
Chichuahua, México




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