Domingo IV de Adviento: La fuerza de un abrazo
20-12-2015 Punto de vista
«Los encuentros con aquellas personas a las que se ama ponen fin a la tristeza, a la monotonía de la ausencia. Los corazones se ensanchan y se funden en un abrazo que deja sin valor el resto de las palabras. El encuentro de María con Isabel simboliza todos los encuentros en los que brota la luz de la alegría, del abrazo que cambia el rostro y lo ilumina».

Decir tu nombre María es decir que la pobreza compra los ojos de Dios. María es decir amor. Estos versos de Pedro Casaldáliga me parecen adecuados para un día como hoy en el que María toma todo el protagonismo.

Para entender el pasaje del evangelio de este domingo tenemos que situarnos justo después de la anunciación. María, aún estupefacta por lo que Dios pretende obrar en ella, se ha enterado también de que su prima Isabel está esperando un niño. Como Isabel es anciana acude a visitarle y a echarle una mano. El camino emprendido por María ha terminado en encuentro. El centro del relato está precisamente ahí, en el momento en que se produce el encuentro entre María e Isabel. Ambas son portadoras de vida, ambas han sido bendecidas por Dios de forma prodigiosa. Isabel representa lo antiguo, lo estéril; María representa lo nuevo, es joven y fértil.

Los encuentros con aquellas personas a las que se ama ponen fin a la tristeza, a la monotonía de la ausencia. Los corazones se ensanchan y se funden en un abrazo que deja sin valor el resto de las palabras. El encuentro de María con Isabel simboliza todos los encuentros en los que brota la luz de la alegría, del abrazo que cambia el rostro y lo ilumina. Las palabras, las miradas, los silencios adquieren toda su belleza y esplendor. Encontrarnos con una persona tiene que ser para nosotros una ocasión privilegiada para vivir el Evangelio, para que nos llenemos de vida, de alegría, al igual que Juan, que da saltos de alegría en el vientre de su madre. Estos días en que tenemos la suerte de encontrarnos con familiares, amigos y conocidos y todos nos repartimos buenos deseos, hemos de esforzarnos para que cada encuentro sea una buena noticia, sincera. Que de nuestros labios salga lo que de verdad sentimos y deseamos.

Volvamos de nuevo a la figura de María. En el tiempo en que nos encontramos me parece que lo más significativo que podemos decir de María es que porta a Dios en sus entrañas. Dios tiene una madre como nosotros. El eterno, el todopoderoso, el Dios que todo lo sabe, hijo de una mujer, como todos nosotros. María, nos acerca a esa humanidad de Dios ya que ella es, como nosotros, de carne y hueso. No era ni la más lista de la clase ni la tonta del pueblo. Era una mujer normal y corriente. Además, en relación con la primera lectura, podemos decir que María es pequeña, como pequeño es Belén, pero Dios es grande y le ha besado con su ternura haciendo que lo pequeño, lo sin voz, tenga para siempre un lugar elevado. María fue una mujer que abrazó con pasión y amor radical la buena nueva del Enmanuel, del Dios con nosotros y se convirtió en portadora de un amor y una alegría que no pueden esconderse sino que necesitan compartirse. Alegrarse o reírse en una soledad egoísta es como tomar un café sin compañía o celebrar un cumpleaños en la luna. María sin embargo quiso rápidamente compartir su alegría con su prima Isabel.

Por resumir el Adviento, digamos que a lo largo de estas semanas hemos ido caminando como peregrinos, como hizo María, hasta llegar a casa de su prima Isabel. El inmenso amor que desbordaba hizo de aquel encuentro una verdadera luz en medio de la tiniebla. Vamos a llegar a la meta, el Niño Dios desborda amor, desborda luz y si queremos y lo recibimos, habitará en nosotros, transformando nuestra pequeñez y limitación. Pues, el camino y el encuentro, el Adviento y la Navidad son fuente de crecimiento, de amor y de esperanza.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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