Domingo III de Adviento: Alegría sin envoltorios
13-12-2015 Punto de vista
«Nuestra alegría, la alegría de los cristianos está mucho más allá del envoltorio de ilusiones y buenos deseos de estos días. Nuestra alegría ha de permanecer, pues está enraizada en el Señor, que nos quiere y nos ama como a hijos suyos, que nos mira a los ojos y quiere vernos alegres».

Las luces en las calles y comercios, las tarjetas de felicitación, las compras de regalos o de viandas, las cenas de empresa, los nacimientos más o menos hermosos que se van colocando en las casas nos anuncian que la Navidad está ya a la vuelta de la esquina.  Todos parece que nos volvemos más solidarios y tolerantes y repartimos a discreción  deseos de paz y felicidad. El llamado “Espíritu de la Navidad” comienza a impregnar el ambiente. Parece que es el mismo ambiente el que nos obliga ser felices. ¿Y a partir del día 6 qué pasa? Una vez que quitamos el envoltorio de luces, turrón, regalos y sonrisas que envuelve nuestro ambiente y el espíritu navideño se esfuma hasta el próximo año, regresamos inmediatamente a la realidad, a la monotonía, a la prisa, a los enfados…  ¿Dónde quedó la alegría, la paz, la felicidad y los buenos deseos?

La liturgia nos invita hoy como nunca a estar alegres: Estad alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres dice la Carta a los Filipenses. Las lecturas de hoy no pueden dejarte indiferente. Si lo hacen deberías ir inmediatamente al dermatólogo para que te recete una pomada contra la piel de elefante. Regocíjate, grita de júbilo, alégrate y gózate Jerusalén. Ni más ni menos que con cuatro imperativos invita el profeta Sofonías a alegrarse a Jerusalén, porque el Señor va a estar en medio de ellos. Fíjate lo que significa en el Antiguo Testamento el hecho de que Dios habite en medio de ellos. Piensa ahora que Sofonías se dirige a ti, que te pide de esta forma que  estés feliz, porque Dios está contigo, te ama, y se complace de estar a tu lado. Supongo que tu rostro cambiaría inmediatamente y empezarías a saltar y a dar gritos de alegría. ¿Por qué no lo haces? La alegría del Adviento y de la Navidad debe ser como la de Jerusalén y ésta debe prolongarse durante todo el año pues la alegría es la mejor forma de hablar de Dios en las entrañas del mundo. Sin embargo parece que nos hemos empeñado en mostrar a Dios solamente en las situaciones tristes y hemos puesto bajo sospecha todo lo que suene a gozo, a disfrute, a felicidad.

¿Recuerdas el evangelio de la semana pasada? Bueno pues ahora estamos en la segunda parte. Después de que Juan Bautista exhortara a la conversión para recibir el bautismo, la gente le pregunta qué tiene que hacer. El Bautista no se anda con chiquitas, la conversión pasa por repartir con los más pobres, con lo que no tienen, por ser justos, por no aprovecharnos de los más débiles. En una palabra, en amar al prójimo como a nosotros mismos. Juan lucha contra todo aquello que ofende a Dios, las relaciones humanas vendrán después. Esta es la gran diferencia entre el Bautista y Jesús. Desde esa perspectiva hay que entender el final del evangelio de hoy. Juan espera que el bautismo de Jesús purifique, limpie, el pecado.

Nuestra alegría, la alegría de los cristianos está mucho más allá del envoltorio de ilusiones y buenos deseos de estos días. Nuestra alegría ha de permanecer, pues está enraizada en el Señor, que nos quiere y nos ama como a hijos suyos, que nos mira a los ojos y quiere vernos alegres. Sentir la presencia de dios en la felicidad del día a día no es hoy una costumbre habitual entre los cristianos. Identificar a Dios con un garrote suele ser más habitual que imaginárnoslo con una sonrisa. El evangelio que alienta nuestros pasos no es un sombrío código de penitencias a cumplir sino un arco iris de buenas noticias que debemos vivir para encontrarnos con Dios y llenarnos de él. A Dios le gusta más el celofán que el pañuelo, prefiere el vino a la tila y las sevillanas a la marcha fúnebre. Es un Dios alegre, que nos llama no mirar para otro lado e inundar nuestro ambiente de alegría y felicidad, empezando como siempre por los que tenemos más cerca.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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