Búsqueda dramática para sobrevivir
20-06-2014 Punto de vista
Hoy, 20 de junio, se celebra el Día Mundial del Refugiado, que la comunidad internacional dedica a quienes están obligados a dejar su propia tierra para escapar de los conflictos y de las persecuciones.

Hay una sensación de fondo muy habitual en nuestra vida: siempre estamos “tratando de llegar a alguna parte”. Parte de esto procede de nuestra naturaleza biológica: para sobrevivir, estamos orientados hacia una meta, hacia un futuro. Hablo desde una experiencia personal, desde mi óptica de cubano emigrante (aunque legalmente) hacia Estados Unidos hace unos años.

Cuando una familia se decide a dejar atrás su cultura, su patria y sus seres queridos y a huir a tierras lejanas en busca de un mejor futuro, entonces se encuentra con la desesperación y la inseguridad. Quien ha experimentado esta sensación extrema sabe de lo que hablo.

Cada año miles y miles de personas se lanzan a las fronteras, al mar, a trámites ilegales para llegar a unas tierras que sólo Dios sabe quién o cómo les van a recibir. No es un mero dato estadístico; cada año cientos de cubanos, por ejemplo, se lanzan a la aventura del mar para llegar a Miami, EE UU. De ellos una mínima parte sobrevive hasta el fin. Otros, supervivientes también, han visto ahogarse, y ser maltratados durante la travesía, a sus padres o a sus seres queridos. No es de extrañarse que queden muchos de ellos con traumas de por vida.

No puedo decir que mi tránsito de Cuba a Estados Unidos fuera especialmente traumático, pero no deja de ser aterradora la situación de quien, como mi familia y yo, tiene que buscar cómo abrirse paso y pasar necesidad con el solo sueño de que “un día será mejor”. Mi padre nunca dejaba de repetir estas palabras. Y hoy, cada noche, antes de irme a la cama me acuerdo, desde mi actual situación, de quienes se van a dormir sin la seguridad de que mañana tengan qué comer, dónde vivir; si alguien les tenderá la mano, de si un milagro borrará el hambre que pasan a diario por solo tener para una comida al día, de si morirán congelados por las bajas temperaturas en las calles.

La inmigración es un fenómeno cada vez más lacerante. Las familias se separan y luchan por un mejor futuro en medio de dificultades, viviendo bajo circunstancias aún peores que las que vivían en sus países de origen. Y todo esto causado por la corrupción y el engaño. El Papa Francisco no se cansa de denunciar a los corruptos que, en el fondo, son los que ocasionan dichas situaciones tétricas a millones de personas en el mundo.

Nosotros no podremos llegar a todos los refugiados del mundo, pero sí podemos denunciar con nuestra manera de vivir lo mal hecho. No podremos abrazar a cada desterrado de su patria, pero sí podremos brindar una mano amiga, un corazón abierto a la escucha y una sensibilidad que palpe su dolor. Quizá no lleguemos a dar de comer a todos, a ayudarles incluso a los que no saben leer ni escribir y por tanto ni siquiera saben ponerse en marcha para legalizar su situación, pero sí podremos buscar emigrantes a nuestro alrededor, porque estoy seguro de que hallaremos más de uno con quien ser generosos.

Jesús tuvo que huir a Egipto en brazos de María; Él fue un refugiado. Recemos a la Virgen, que conoce los dolores de los refugiados. Que sea cercana a estos hermanos y hermanas nuestros. María, madre de los refugiados, reza por nosotros. ¡Y no nos cansemos de hacer el bien!.

Asiel Rodríguez, agustino recoleto
Casa de Formación San Agustín, Las Rozas (Madrid)




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