Los jóvenes: nostalgia de libertad y de sentido
26-12-2012 Punto de vista
El mundo de los jóvenes, una expresión que puede interpretarse como un cajón de sastre en que caben todos. ¡Error! ¡Qué distintos unos de otros! Sólo les une una cosa: que todos buscan, aun los más pasotas, y sin darse cuenta de ello.

No es fácil acercarse al mundo de los jóvenes y ofrecerse a acompañar y alumbrar su búsqueda interior. ¿Quién se atreve a recorrer con ellos el camino de la exploración, de las dudas, del caos, del no saber, de las decepciones, de los hallazgos? ¿Quién atravesará con ellos este terreno pedregoso y tantas veces sin respuestas para arribar a la orilla de sus propios descubrimientos, de sí mismos, de Dios, de la vida? ¿Dónde se hallan los maestros que se atreven a esta empresa? Tenemos necesidad de mistagogos –quienes introducen en el misterio de Dios–, de iniciadores vitales en el sendero complejo, insondable de la búsqueda interior”.

Utilizo las palabras de Miguel Márquez Calle, profesor de la Universidad de Salamanca, porque me ayudan a expresar con acierto cuál es nuestra intención ante los jóvenes a quienes nos dirigimos o con los cuales pudiéramos entrar en contacto. Y, digámoslo abiertamente, no se trata aquí de hacer marketing o publicidad –no vendemos un producto–, sino buscamos presentar una buena noticia que dé vida y esperanza al joven de hoy; una simple confidencia capaz de llenarle el corazón y de abrirle nuevos horizontes. Lo hacemos convencidos de que podemos prestar un buen servicio a aquellos jóvenes que se toman la vida con libertad, con creatividad y con pasión. Esta noticia buena, tan nueva cuanto antigua, no es otra que Jesucristo, su persona, sus palabras, sus gestos, y su mensaje de amor.

El ser humano está hecho para cosas grandes, para la belleza, para lo bueno, para la libertad, para el amor…, y esta aspiración aparece continuamente como un reclamo interior en lo profundo del corazón. Muchas veces, en medio del vaivén de la vida, en los pequeños oasis de silencio que nos permitimos, se presentan a nuestra conciencia intuiciones nobles, pensamientos geniales, ideales fascinantes. Y quizá creemos que no vale la pena seguir pensando por ahí… ¿Para qué complicarse la vida?

De modo particular, los jóvenes os hacéis muchas preguntas… Algunas veces estos interrogantes se consiguen formular explícitamente, pero en otras ocasiones se presentan como ideas vagas, como inseguridades y miedos, como deseos de coherencia y de verdad. Incluso, estas mismas preguntas se pueden enmascarar de rebeldía, de angustia interior, de quejas, de búsqueda, de inquietud, de ilusiones jamás expresadas. Y ninguna pregunta, por más ingenua que parezca, deja de tener su importancia.

Sé valiente, joven, deja que la pregunta, el deseo, el ansia que sientes en tu interior crezca hasta que puedas reconocerla en su significado más profundo y llamarla por su nombre: anhelo de una vida más auténtica, necesidad de silencio y de encuentro contigo mismo, fe en ti mismo, ganas de rezar, osadía de plantarle cara a Dios por lo que me pasa en primera persona o por lo que pasa en el mundo.

Planteártelo es lo mejor que te puede pasar, pues esa es la mejor señal de que Alguien, mucho más grande que tú, que de forma extraña y misteriosa forma parte del entramado de tu existencia, está queriendo contar contigo para algo muy especial. Quizá sea el momento de responderle desde la fe… ¡Huy, la fe! La dificultad, si es que la hay, no está en entenderla, sino en explicarla. Al menos lo intentaré.

La fe es esa voz en la conciencia que murmura directamente al corazón el pensamiento de la más grande posibilidad a la que el ser humano puede aspirar: una existencia plena, feliz; vida buena… La fe es como ese balbuceo en el interior del hombre que hace brotar ante sus ojos lo mejor de sí mismo como un ideal de vida. Es como si en un pequeño instante pudiera entrever, en concreto, así como Dios me ha soñado

La fe, lejos de ser una intromisión del Absoluto en mi existencia, consiste en la propuesta de un camino por andar, cuyo recorrido pone en juego lo mejor de mi mismo. La fe es escuchar en lo profundo del corazón la voz de Dios y esto significa estar dispuesto a correr el riesgo de la aventura de la vida, con sus momentos bellos pero también difíciles. En fin, joven, no tengas miedo a acoger con valentía lo que Dios susurra con fuerza en tu corazón; verás cómo se enciende en tu interior una llama que da calor y pasión a tu existencia.

Pues, quien da cabida a Jesucristo en su vida, encuentra la fuerza y la motivación profunda para tomar decisiones valientes y abrirse al futuro con esperanza; en Cristo resucitado el joven experimenta una esperanza más fuerte que todo temor y toda duda. Por esta razón me atrevo a proponerte el mensaje de amor de Jesús de Nazaret, porque es capaz de conquistar el corazón del joven y de empujarlo a vivir la vida como un proyecto precioso en las manos de Dios.

Ciertamente, los jóvenes de hoy “tienen nostalgia de libertad y buscan la verdad, la espiritualidad, la autenticidad, la propia originalidad personal y la transparencia, […] tienen deseos de amistad y de reciprocidad, […] buscan «compañía» y quieren «construir una nueva sociedad, fundada en valores tales como la paz, la justicia, el respeto del medio ambiente, la atención a las discrepancias, la solidaridad, el voluntariado […]” (Documento Nuevas Vocaciones para una nueva Europa, 11).

Fabián Martín, agustino recoleto, Casa de Fromación "San Agustín" (Las Rozas, Madrid, España)





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