Domingo XXXII del tiempo ordinario: Perfume de misericorida
11-11-2012 Punto de vista
"Frente a los perfumes dulzones y seductores del dinero, los cristianos tenemos un aroma sin igual: el perfume de la misericordia que es capaz de obrar el mayor de los milagros, convertir dos moneditas en una suma enorme. La misericordia se fija en el cómo se da y no en le qué se da. La foto con el pobre y el café solidario quizá rieguen nuestro ego a la vez que nuestro corazón se queda desierto. Esa es la gran enseñanza del evangelio de hoy. La misericordia del pobre: aquel que todo lo recibe de Dios a través de los demás, y es capaz de darlo todo"
Se acercan las fiestas de navidad y muy pronto las calles se vestirán de luz. Las carteras reponen fuerzas pues saben que les espera una temporada agotadora, aunque la crisis les obligará a hacer malabares para cubrir todos los compromisos adquiridos en otros tiempos de mayor bonanza. Los comerciantes preparan sus productos con colores vistosos con el fin de seducir la pupila del ansioso “regalador” navideño. Sin embargo, ya son muchas las navidades en que en las perfumerías está ausente una fragancia seductora, un aroma embriagador irresistible para enamorados, jubilados, quinceañeras, altruistas, curas, monjas, maleantes y bohemios. El aroma del dinero es capaz de engatusar al más pintado y aguar la más firme voluntad. Por desgracia el aroma del dinero contamina también el buen olor de la caridad y muchas veces contamina los mejores propósitos solidarios. La solidaridad también ha entrado en el mercado, pues parece que la limosna está incluida en la compra ya que no hay tableta de chocolate, marca de café… que no subvencione una causa humanitaria. Con lo cual por el hecho de consumir nos convertimos en solidarios instantáneos. De esta forma, el compromiso se mezcla con el sopor y la caridad no implica ninguna obligación con lo cual se hace agradable. Si la beneficencia se vuelve algo mecánico, deja de ser un acto de renuncia a la comodidad personal. No seamos ilusos cuando el mercado se pone al servicio de la moral y pretende promover la ayuda y la solidaridad, está poniendo la moral a su servicio porque ésta se ha vuelto rentable.

En el evangelio nos encontramos con un curioso contraste que hace aterrizar el evangelio del domingo pasado: los ricos llenan el cepillo y la pobre viuda con solo dos monedillas resulta que echa más que ellos. Jesús comenta a los discípulos que lo decisivo ante Dios no son las apariencias, sino la actitud interior que mueve. La viuda ha dado una cantidad insignificante y miserable, como es ella misma. Su sacrificio no se notará en ninguna parte; no transformará la historia. La economía del templo se sostiene con la contribución de los ricos y poderosos. El gesto de esta mujer no servirá prácticamente para nada. Esta viuda vive, probablemente, mendigando a la entrada del templo. No tiene marido. No posee nada. Sólo un corazón grande y una confianza total en Dios. Si sabe dar todo lo que tiene, es porque pasa necesidad y puede comprender la situación de otros pobres a los que se ayuda desde el templo.

Piensa en la grandeza de este gesto, en ser misericordioso sin tener nada que dar. ¿Qué sentido tiene ser misericordioso sino se tiene dinero? Frente a los perfumes dulzones y seductores del dinero, los cristianos tenemos un aroma sin igual: el perfume de la misericordia que es capaz de obrar el mayor de los milagros, convertir dos moneditas en una suma enorme. La misericordia se fija en el cómo se da y no en le qué se da. La foto con el pobre y el café solidario quizá rieguen nuestro ego a la vez que nuestro corazón se queda desierto. Esa es la gran enseñanza del evangelio de hoy. La misericordia del pobre: aquel que todo lo recibe de Dios a través de los demás, y es capaz de darlo todo.

Vaciar la cartera en el cepillo sirve de poco si ese gesto no va acompañado por un compromiso serio en dar no lo que me sobra sino aquello que poseo. Debemos dar aquello que nos cuesta algo. Así no estaremos dando simplemente cosas de las que podemos prescindir, sino cosas de las que no queremos o no podemos prescindir, cosas que nos importan realmente. Es entonces cuando nuestra donación tiene valor ante Dios. Ah, y en los tiempos que corren llenos de prisas y ajetreos, quizá es más difícil ser generoso con el tiempo que con el dinero. No eludas este compromiso.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto.
Colegio San Agustín (Valladolid, España)



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