Domingo XXXI del tiempo ordinariio: No me compares
04-11-2012 Punto de vista
“Que nos separen, si es que pueden, que nos desclaven, que lo intenten. Que nos separen, que lo intenten, yo soy tu alma y tu mi suerte”. Este fragmento de la canción "No me compares" puede ser el más gráfico. Por más que nosotros nos empeñemos en “desclavarnos” de Dios no posible pues el suyo es un amor celoso y tozudo hacia nosotros.

Que alguien me seque de tu piel mi amor, que nos desclaven y que te borren de mi sien. Que no me hables, que alguien me seque de tu piel, mi amor, que nos desclaven, yo soy tu alma, tú eres mi aire. Que nos separen, si es que pueden, que nos separen, que lo intenten. Que nos separen, que lo intenten, yo soy tu alma y tú mi suerte. Que nos separen, si es que pueden, que nos desclaven, que lo intenten. Que nos separen, que lo intenten, yo soy tu alma y tu mi suerte”. Estos son unos fragmentos de la canción No me compares de Alejandro Sanz. En medio de todas las interpretaciones que pueden hacerse en las que podríamos pensar, con bastante acierto, que más tiene que ver con un corazón desgarrado después de un desengaño, se me ocurre presentártela como si fuese el mismo Dios quien nos canta a ti y a mí, que intentamos seguirle en medio de nuestras limitaciones y dificultades.

En el evangelio preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal y primero de la ley. En su mentalidad elegir entre 613 preceptos cuál es el importante cuando todos gozaban de igual dignidad no era sino un intento de poner a prueba la rapidez de reflejos de Jesús. Citando, lo que ahora conocemos como el Deuteronomio, Jesús sale del paso y deja muy claro que lo más importante es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. No es algo difícil de entender pero sí difícil de vivir.

Volviendo a la canción, las frases combinan dureza y profundidad: “que alguien me seque de tu piel mi amor” preciosa imagen en la que se pide cualquier resto de un amor desbordado y ciego, que ahora nada en el mar del desprecio. “Que nos separen, si es que pueden, que nos desclaven, que lo intenten. Que nos separen, que lo intenten, yo soy tu alma y tu mi suerte”. Este trozo puede ser el más gráfico. Por más que nosotros nos empeñemos en “desclavarnos”  de Dios no posible pues el suyo es un amor celoso y tozudo hacia nosotros. Dios, en palabras de el filósofo judío Franz Rosenzweig, nos lanza continuamente un ámame pero no desde el egoísmo de quien quiere verse rodeado de besos sino desde quien sabe que la plena felicidad y la plena libertad encuentran su máximo desarrollo en una amor desinteresado a nuestros semejantes y por extensión, a Él mismo.

Yo soy tu alma y tu mi suerte”  Él ama lo que somos y al tiempo sabe de nuestra fragilidad. Respeta al máximo nuestro espacio,  nuestra autonomía, nuestra libertad pero sin desentenderse. “Somos su suerte” ¿Cómo, si no, sería Dios? Un Dios misericordioso… Un Dios padre, madre, amigo, hermano, acompañante…  que da volteretas de alegría  cuando damos con el camino correcto, cuando somos capaces de hacer realidad nuestros sueños en medio de titubeos y dudas. Un Dios que se han empeñado en endiosar tanto, pero que nos dice al oído “eres mi suerte”.

Nuestro corazón a veces parece más de grafeno que de carne. Algunas veces nos endurecemos para protegernos si vemos venir el sufrimiento, por miedo al dolor; o bien por inseguridad. Pero por más que nos empeñemos en lo contrario “yo soy tu alma” al final, es de carne, y late, y vibra y se estremece o se enamora, o se deshace en atenciones ante quien de verdad las necesita.  Es corazón amante y amigo y hermano y prójimo. Y solo cuando nuestro corazón funciona así no resulta fácil “desclavarnos” porque estamos en la hondura de la vida intentado sembrar de felicidad nuestro entorno acogiendo, acompañando, escuchando, acariciando, dando… “Que nos separen, que lo intenten, yo soy tu alma y tu mi suerte”.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto.
Colegio San Agustín (Valladolid, España)













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