Domingo XXVII del tiempo ordinario: Una sola carne
07-10-2012 Punto de vista
«Tampoco conocemos cuál es la fórmula de ese compuesto mágico, la receta de esa pócima maravillosa que anonada a los enamorados. Pero sí sabemos cuál es el efecto: Abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne, dice el evangelio de hoy. Es decir que ambos quedan unidos de tal forma que se convierten en uno solo con todo lo que esto implica».

La ciencia ha avanzado mucho, la tecnología cada día nos sobresalta y sorprende con un nuevo descubrimiento. Pero aún nadie ha encontrado ningún remedio contra la soledad. Solo se han encontrado remedios efímeros, pasajeros, pero que al cabo del tiempo dejan a la persona vacía, sola de nuevo.  Sin embargo, cuando una mujer encuentra al que vulgarmente se llama el “hombre de su vida” o viceversa, la cosa cambia. Se produce entre ellos un deseo continuo de estar juntos. Todo se soporta y se acepta. Como dicen los modernos entre ellos hay “química”. Tampoco conocemos cuál es la fórmula de ese compuesto mágico, la receta de esa pócima maravillosa que anonada a los enamorados. Pero sí sabemos cuál es el efecto: Abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne, dice el evangelio de hoy. Es decir que ambos quedan unidos de tal forma que se convierten en uno solo con todo lo que esto implica. ¡Qué gran misterio! Además no es algo efímero, para una temporada, sino que se trata de algo indisoluble: Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

Tenemos ante nosotros el fermento de cualquier sociedad: la familia. La mayoría de los problemas que azotan nuestras sociedades tienen su raíz en el deterioro de la vida familiar. Sin ánimo alarmista se puede decir que la familia está en peligro de extinción. Y no se trata de lamentarse o de elaborar listas interminables de causas. Busquemos la forma de cambiar la situación. La única manera es que volvamos a meter en casa a Dios, que le dejemos formar parte de nuestra familia, que en los momentos menos buenos le pidamos ayuda y en los momentos buenos le alabemos y le demos gracias.

De nada sirve la participación en la eucaristía donde renovamos el misterio del Amor si a lo largo de la semana no dejamos actuar a Dios en nosotros, si no sirve para que renovemos los compromisos que hemos hecho con Él, (bautismo, confirmación, matrimonio, profesión religiosa, ordenación sacerdotal).

A muchos en este domingo la Palabra de Dios os recordará el día de vuestro matrimonio. Os invito a que hagáis un rápido viaje por vuestra memoria haciendo un pequeño cálculo: ¿cuánto queríais a vuestra pareja el día de la boda y cuánto le queréis ahora? Espero y deseo que el saldo de la operación sea positivo. Si no es así pedid sinceramente a Dios que os ayude, recordad aquellos años de noviazgo, y el día en que le distéis el sí a Dios y dejasteis de ser dos y os convertisteis en uno solo.

Por último, Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida, nos dice el salmo de hoy. Pues que así sea ¿verdad? Ese es, creo, nuestro deseo continuo.



Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)        



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