Manzanas de boda
06-10-2008 Punto de vista
A partir de la leyenda mitológica de Atalanta e Hipómenes, el autor nos invita a tomar las riendas del nuevo curso con brío, para evitar parecernos a los leones petrificados como los personajes de la leyenda.
En la mitología griega, Atalanta era una niña abandonada en el monte y criada por una osa. Más tarde, fue recogida por unos cazadores con quienes creció ejercitándose en la práctica de la caza y las carreras. Atalanta no quería casarse, pero, ante el acoso de numerosos pretendientes, aceptó hacerlo con quien la venciese en una carrera. Hipómenes lo consiguió entreteniéndola con unas manzanas doradas que le arrojaba cada vez que ella iba a darle alcance. Tras la derrota atlética, llegó el matrimonio, aunque el cuento de su noche de bodas no concluyó saboreando un meloso menú de perdices: la diosa Cibeles convirtió a los cónyuges en leones, condenándolos a tirar por toda la eternidad del carro que la transporta.

Ahora que hemos dejado atrás el periodo veraniego, nos hallamos inmersos ya en la corriente de las habituales actividades cotidianas. Con frecuencia, toda una carrera de agitaciones, nervios, prisas, casamientos con la rutina, esfuerzos por divorciarnos del mal humor y la frivolidad, búsquedas de sosiegos para el cuerpo y de faros para el alma, rastreos de equilibrios que irriguen la carne y fecunden el espíritu. En resumen: un muestrario variopinto –y a menudo paradójico– de hambres de felicidad.

A pequeños pasos o a zancadas, gritando desencantos o rumiando esperanzas, quemando los frenos o acelerando a fondo, con fiebre en la sangre o palos en las ruedas, lo cierto es que siempre perseguimos a la liebre de la felicidad. Ésta es nuestra sed más honda, la seña de nuestro peculiar instinto cazador: apresar la conveniente dosis de dicha que nos haga sentirnos dignos de portar con honradez el glorioso nombre de humanos. Para ello tenemos por delante un nuevo curso, una oportunidad multiplicada de aprender a ser felices empeñándonos en hacerle la vida un poco más amable a algún prójimo –¡hay tantos!– de esos que en la cuenta corriente de sus horas suman los suficientes sinsabores como para que les huela el aliento a sombra y ceniza.

En los próximos meses dispondremos de ocasiones para casarnos con lo noble, justo y generoso. También estará en nuestras manos la facultad de contraer nupcias con lo rastrero, indigno y torticero. Tampoco nos faltarán en el camino los reclamos rutilantes de unas cuantas manzanas doradas, servidas en forma de aprovechamientos propios tan ventajosos como inicuos. Lejos de metamorfosearnos en leones petrificados, quienes pisamos huellas de Evangelio sabemos que la horma de nuestra libertad se dibuja con el trazo que delinea el largo, el ancho y lo profundo del latido de los corazones solidarios. Decidir nuestro personal y concreto paso a la acción es cuestión, por tanto, de corazón. Elegiremos nuestros quehaceres de acuerdo a la brújula de nuestros «quereres». Oficiarán de estrella polar los versos de Pedro Salinas: «Tu tarea / es llevar tu vida en alto, / jugar con ella, lanzarla / como una voz a las nubes, / a que recoja las luces / que se nos marcharon ya. / Ése es tu sino: vivirte».

José Manuel Berruete, agustino recoleto. Parroquia Santa Rita, Madrid




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