Domingo XXVII del Tiempo Ordinario: Vino que alegra el corazón
05-10-2008 Punto de vista
El vino es fuente de alegría, de salud para nuestro corazón, siempre con mediada, claro. Dios nos ha dado la viña de la vida y nosotros tenemos que cuidarla para sacar el mayor y mejor fruto.
El vino no deja de ser un elemento muy presente dentro de nuestra cultura mediterránea. Además de ser un excelente compañero en la mesa, en su justa medida, como dice el salmo, el vino alegra el corazón del hombre. Las lecturas de este domingo, centradas en la viña, insisten mucho en la importancia del fruto. Nosotros estamos llamados a dar frutos, a ser bendición y alegría para el corazón de toda la humanidad cosa que podemos conseguir simplemente siendo sensibles a las necesidades de los otros.

La imagen de una viña nos resulta, supongo, bastante familiar al igual que les resultaba también familiar a los oyentes de Jesús. El canto de la viña de Isaías que aparece hoy en la primera lectura y que está presente también en el evangelio muestra a un delicado viñador que después de su esfuerzo en vez de recoger uvas dulces recoge agrazones. Nosotros somos esa viña cuidada por Dios. Sabemos bien que somos únicos e irrepetibles por tanto el amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros es exclusivo, nos ama como si en el mundo no existiésemos nadie más que Él y nosotros, como si de verdad el necesitase amarnos para ser feliz. Sin embargo nosotros no siempre sabemos corresponderle a ese amor, no siempre nuestros frutos son dulces. Peor aún, muchas veces en vez de verle como un viñador responsable y preocupado por su viña lo pintamos como un Dios castigador que exige de nosotros unos frutos que no podemos dar. Dios no nos exige ni más ni menos que los frutos que podemos dar, porque precisamente, si sirve la comparación, Él nos ha plantado y conoce cuales son nuestras posibilidades. Esta creo que puede ser una de las conclusiones que podemos llevarnos hoy para poner en práctica en nuestra vida: caminar alegres y confiados en el amor de ese Dios viñador que exige de nosotros frutos pero nunca por encima de nuestras posibilidades.

Como en los domingos anteriores en el evangelio nos encontramos en plena disputa con los dirigentes religiosos los sumos sacerdotes y los ancianos. Es una parábola más dura y directa que la del domingo pasado sobres los dos hijos. El relato contiene un resumen de la historia de la salvación: Los labradores son los dirigentes, que se creen propietarios de la Viña pero nos son más que arrendatarios. Los enviados son los profetas maltratados y algunos asesinados. El hijo es Jesús: lo empujan fuera de la viña y lo matan; seguramente esto es una modificación del evangelista. Al final, la viña será arrendada a otros labradores que den fruto. Esta es la obligación de la Iglesia: dar fruto. Seguimos viendo el paso del antiguo al nuevo pueblo de Dios, cuyo eje central es Jesús: el Hijo en persona, la piedra angular.

La segunda conclusión que me parece apropiada de acuerdo con el evangelio es que hemos de tener cuidado para evitar hacernos dueños y señores de la viña pues no somos más que arrendatarios, servidores de esos frutos que estamos llamados a dar como comunidad. Pues sino en vez de producir vino lo que legamos a producir es un vinagre de primera calidad. La condición necesaria para esto está en la acogida y atención a los mensajeros de Dios, en cada una de sus formas, sin exclusivismos ni rechazos. Si no intentamos comportarnos así nunca llegaremos a entender el mensaje del Reino que es un mensaje de igualdad, no de uniformidad. Viviendo así seguro que damos frutos y somos vino que alegra el corazón del hombre y no vinagre que causa dolor y exclusión.


Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto.
Chiclana de la Frontera (Cádiz, España)


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