El difícil reto de la convivencia
24-09-2008 Punto de vista
Nunca está demás que nos recuerden cuáles son los rudimentos de la convivencia. El artículo que presentamos los desmenuza con claridad. La convivencia es muchas veces tan difícil como necesaria. Un reto diario.
Acabo de volver de vacaciones. No he hecho más que llegar y todo son problemas. Me llama un conocido mío relatándome que ha sido un verano lleno de tensones familiares, roces, disgustos y que está entre irritado y melancólico. Voy por la calle, en mi Madrid del alma, y me encuentro con una amiga que me dice: «me separo de mi marido, no sabes las vacaciones que me ha dado». Leo la prensa y claro, como todo lo que es noticia es negativo, voy bien servido. La crisis financiera tiene dos notas nuevas: una, que es global y otra, que en la sociedad del despilfarro y la abundancia se ha hecho fundamental lo accesorio y cuesta renunciar a ello.

Cojo mi ordenador y me digo: deberías sacar un articulo sobre la convivencia. Se lo comento a Isabel, mi mujer, y me dice: «siempre vuelves a lo mismo, la gente no quiere ni oír hablar de esa palabra, no te lo van a leer». Mis hijas me dicen: «dilo con claridad y da unas cuentas reglas…pero no seas demasiado teórico». Almudena, la pequeña, con 16 años, me dice: «es un tema que chirría y no se quiere hablar de ello porque es la dura realidad. Escríbelo. Yo te apoyo».

Bien, a pesar de todo, voy a diseñar algunos puntos. Me abro paso entre masas de pensamientos y quiero adentrarme en los pliegues de lo que aquí se esconde y bracear por las aguas procelosas del día a día y entenderse uno con los más cercanos y sortear las mil y una dificultades que asoman y sestean y vuelven a aparecer.

Quiero empezar con una declaración de principios: no conozco nada mas difícil y complejo que la convivencia ordinaria. Hablo de lo diario. Las dificultades de la convivencia producen estragos. Problemas que si no se enfocan bien o no encuentran una solución positiva, terminan por cambiar la vida y darle unos giros graves, severos, históricos.

¿Dónde está la clave, en qué espacios académicos se habla de ello? Llevo mucho tiempo interesado por todo esto. Observación y lectura, mirar la realidad de mi entorno y a la vez, buscar libros y personas que sepan de ello y lo sepan contar con claridad, a lo que Ortega llamaba la «cortesía del filósofo».

La convivencia consiste en la capacidad para vivir con otras personas y establecer unas relaciones sanas, positivas, de diálogo, entendimiento y respeto, sabiendo compartir y, a la vez, aceptar al otro como es. Hay muchos matices que se hospedan en todo lo que acabo de decir. Es evidente que donde la convivencia alcanza su punto máximo es en la convivencia conyugal: ésa es la que ofrece más campo de inspección, y moverse ahí con soltura es un logro de excelencia, es haber acertado en una de las dianas más decisivas de la vida.

Para estar bien con alguien, hace falta estar primero bien con uno mismo. Esto me parece esencial. Es el abc. Y por obvio, no menos importante. A veces lo olvidamos. Cada uno debe hacer un trabajo de artesanía psicológica consigo mismo, puliendo y limando las aristas de la personalidad y, sobre todo, aquellas cosas que por el motivo que sea molestan a los demás. Una persona inestable, poco equilibrada, con cierta tendencia al descontrol, va a tener problemas con casi todo el mundo con que se relacione con cierta cercanía e intensidad. Yo, con un conocido mío al que veo cada equis meses y con el que me llevo bien, no voy a ponerme a discutir el día que me lo encuentro. En el frontispicio de la entrada del templo de Apolo, en Grecia, había una leyenda que decía: «conócete a ti mismo». Eso implica el ser uno mismo, en una mezcla de equilibrio personal, afán de pulir y corregir lo que puede molestar al otro y poner los medios adecuados para ir alcanzando un estilo que pudiera llegar a ser como un canto rodado, esas piedras del río que a fuerza de pasar por ellas la corriente las deja pulidas, suaves al contacto de la mano…

En segundo lugar, es importante recordar que en la convivencia es importante respetar las ideas y las actitudes de la otra persona. Respetar el espacio psicológico del otro. Soy capaz de entenderme con esa otra persona -cónyuge, hijo, persona cercana con quien comparto el trabajo diario, amigo con quien me veo con mucha frecuencia, etcétera- aunque su forma de pensar sea distinta de la mía. En la relación de pareja esto se ve muy claro: ¡qué fácil es enamorarse y qué difícil mantenerse enamorado! Es sencillo idealizar a alguien y elevarlo de nivel. Pero la vida diaria compartida pone las cosas en su sitio. Y cada uno se retrata en su comportamiento ordinario: deja a las claras cómo es su personalidad de verdad. Nadie es un gran señor para su mayordomo.

Otro punto a destacar es no equivocarse uno en las expectativas. Dicho de otro modo: saber que una buena convivencia es fruto de un trabajo esforzado, cuidadoso y deportivo. No esperar que las cosas salgan bien porque sí o que al final todo se vaya arreglando… No, ésa es una actitud errónea. Yo espero que todo funcione bien, porque he ido poniendo de mi parte en cosas pequeñas y medianas (las grandes llegan muy de tarde en tarde), para olvidarme de mí mismo, no ser egoísta, pensar en los demás, cuidar los detalles pequeños para hacer la vida agradable a esa o esas otras personas. Tarda uno mucho tiempo en entenderse con las personas con las que convive: a lo sencillo se tarda tiempo en llegar.

No menos importante es luchar contra una sensibilidad psicológica muy acusada. Dicho de otro modo: las personas hipersensibles, aquellas que por su forma de ser todo les cala muy hondo y van a sufrir mucho porque todo les afecta con más intensidad. En tales casos, hay que aprender a ponerse una cierta coraza protectora y relativizar hechos, acontecimientos, desacuerdos, roces… Si no cambian de actitud, se van a desilusionar muy a menudo y aflora un distanciamiento gradual que irá estando a la vuelta de la esquina y que, tratándose de la vida conyugal, puede llegar a ser un cierto callejón sin salida.

He ahí la importancia de aprender a darle a las cosas que nos pasan la importancia que realmente tienen. No dramatizar. Evitar convertir un problema en algo que magnificamos. Tener visión de la jugada. Este ejercicio psicológico trae serenidad y capacidad para relativizar lo sucedido, sabiendo que como he apuntado al principio, la convivencia diaria es el hecho diferencial más complejo que existe, donde son mayoría los que les cuesta entenderla correctamente… hasta llegar a ese punto de equilibrio en donde va apareciendo una cascada de elementos claves: tolerancia, sentido del humor, quitarle hierro a diferencias de criterio, saber superar el típico día o momento malo, etcétera.

A continuación, es necesario aprender a dialogar sin acritud. Hablar y decir las cosas que suceden, pero sin dureza ni agresividad, evitando actitudes radicales o irreconciliables. Saber hablar con alguien es un arte. No guardar cosas negativas, que se van pudriendo y que se almacenan y salen de forma intermitente, o lo que es peor, van creando un clima interior muy nocivo, que abre las puertas de un resentimiento de fondo que va a ser muy dañino. El resentimiento es un pasadizo que lleva a la ciudadela del rencor: sentirse dolido y no olvidar. Si uno no se escapa de ese paisaje duro y doloroso, se puede quedar atrapado en esas redes y se va convirtiendo en una persona neurótica: agria, amargada, dolida y echada a perder. Por eso evitar el rencor es salud mental.

Otro punto aconsejable es no sacar la lista de agravios del pasado. Esa colección de vivencias negativas de atrás que de pronto se ponen de pie y piden paso y pueden llevarse por delante todo lo que encuentren en sus recuerdos, haciendo hincapié en dificultades, momentos malos y todo el arsenal de fracasos y desencuentros que adquieren un nuevo perfil y una fuerza destructiva atroz. Una persona que es capaz de gobernar esa lista de hechos negativos y no la saca, demuestra un dominio de sí mismo muy sólido. Y por el contrario, el que se deja llevar por esa marea demoledora, arruinará su convivencia y será la debacle.

Lo diré de una forma más gráfica: el que domina su lengua se controla en un 90%. La palabra dañina, envenenada, mordaz, que trae el detalle negativo con toda su crudeza, está firmando el certificado de defunción de la convivencia.

Por todo ello es esencial aprender a pedir perdón. Así de sencillo y de grande. Pedir perdón y aceptarlo es la capacidad para no quedarse atascado en las relaciones interpersonales, dejando que se abra una brecha y que dos personas se vayan distanciando en todos los sentidos. Generalmente, quien pide perdón es el más generoso, porque se adelanta y busca la reconciliación pronta, echándose incluso las culpas aunque no las tenga. El perdón es un gran acto de amor. Y significa no llevar cuentas de los fallos del otro, sino que hay una disposición transparente y pronta para restaurar la armonía de las relaciones, poniendo freno al posible deterioro que arranca de esos desafueros.

Para que la convivencia sea posible son necesarios el respeto y la estimación recíproca. El respeto es atención, deferencia, tener en cuenta la forma de ser del otro, apreciándole en lo que vale. En una palabra, tolerancia. Voltaire, en su célebre Tratado sobre la tolerancia, la define como la gran herramienta de la vida en común. Locke, en su Epístola acerca de la tolerancia, la sitúa como un principio ordenador de las relaciones humanas. En el siglo XVIII, con el triunfo de la Ilustración, prosperó también esta idea. En el siglo XIX, con el Romanticismo, se produjo una exaltación de las pasiones y del mundo sentimental, que culminó en el pensamiento liberal. En el siglo XX, estas ideas traspasaron los umbrales de la vida política y social.

Por último, es imprescindible pensar en cómo mejorar la convivencia. Es decir, tratar de que ésta sortee las dificultades y busque una cierta excelencia. La vida diaria sigue siendo la gran cuestión. Lo ordinario está salpicado de detalles pequeños. La vida es cuidar esos detalles que hacen fácil la relación, y saber que comprender es ponerse en el lugar del otro. Comprender es aliviar.

La convivencia debe ser una escuela donde se ensayan, forman y cultivan muchos de los principales valores humanos: la sencillez, la naturalidad, el espíritu de servicio, el sentido del humor, la generosidad, el pasar por alto discusiones, enfrentamientos o malos entendidos, la sinceridad, la fortaleza… La capacidad diaria para convivir es un termómetro que mide la altura, la anchura, la profundidad y la categoría de cada uno. Donde más se retrata el ser humano es en el trato diario. El camino más exigente lleva a la meta mas valiosa.

Enrique Rojas

Artículo publicado en el diario El Mundo el sábado 13 de septiembre de 2008.




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