Domingo XXII del Tiempo Ordinario: El amor nunca es barato
31-08-2008 Punto de vista
El amor sin medida que exige el seguimiento de Jesús no está exento de dificultades y sufrimientos pero no podemos caer en la tan arraigada costumbre de pensar que el amor de Dios lo ganamos a fuerza de sufrimiento.
En una novela de famosa actualidad (Carlos Ruiz Zafón, El juego del ángel) leía este verano el siguiente diálogo, extraído del interrogatorio de un policía a un detenido: ―«Sólo le pido que me diga la verdad (exigía el inspector). ―No sé cuál es (se excusaba el sospechoso). ―La verdad es lo que duele» (sentencia el inspector).

A Pedro le dolieron los hígados al oír a Jesús dibujar la verdad de un horizonte de fracaso, sufrimiento y cruz. Y, si somos sinceros, a nosotros también nos sobreviene idéntico malestar, salvo que nos coloquemos en los oídos tapones de piedades impías o auriculares con hilo musical de gaitas espiritualizadas en los estudios de grabación del masoquismo.

«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará». Son palabras ásperas las de Jesús, pero mucho más que al hierro que contienen –indudable– yo temo la tergiversación a que frecuentemente han sido y siguen siendo, de hecho, sometidas. Conviene, por tanto, pregonar alto y claro algunas puntualizaciones:

a) Jesús, al hablar de «cargar con su cruz», no estaba diciendo que sus seguidores debían ser unos sujetos que buscasen el dolor por el dolor, personas mutiladas que no fuesen capaces de gozar con todas las alegrías y satisfacciones que la vida puede depararnos.

b) Jesús nunca amó ni buscó arbitrariamente el dolor, ni para él ni para los demás, como si el sufrimiento encerrara algo especialmente grato a Dios. No. «Cargar con la cruz de Jesús» quiere decir que hay que asumir lo que la vida conlleva de dulce y de amargo; que hay que vivir los valores que Él nos proclama, valores que en realidad responden a las verdaderas exigencias humanas, a lo mejor y más noble que llevamos dentro. Y es verdad que estas exigencias son contrarias a muchas de las preferencias que hoy están en boga; pero también es cierto que estas preferencias a las que tan insistentemente nos agarramos son la causa de la mayoría del dolor humano; por ejemplo: los sufrimientos que nacen de la envidia, del orgullo, del rencor, del vacío interior o del apego egoísta y compulsivo a las cosas y a las personas.

c) El «negarse a sí mismo», del que hablaba Jesús, no es la auto devaluación idiota, no es llevarse la contraria como si lo bueno estuviera en hacer lo opuesto de lo que se desea. Es buscar las más escondidas raíces del obrar humano para elegir sanamente y en libertad madura aquello que nos humaniza más, renunciando al camino del narcisismo. Algo no es más cristiano si acumula más dolor, sino porque destila más amor. Sepa a miel o sepa a hiel. No es una cuestión de sabores o de dolores, sino de amores.

Acaso para un inspector de policía interrogando a un sospechoso de asesinato la verdad sea lo que duele. Lo que le duele en el fondo de la conciencia al presunto autor del crimen. Pero entre nosotros el dolor por el dolor y el sufrimiento porque sí no tienen nada de evangélicamente verdadero y sí mucho de puramente patológico. En cristiano no es la cantidad de dolor lo que salva, sino la profundidad de amor. Porque sólo el amor hace que la vida merezca ser vivida.

José Manuel Berruete, agustino recoleto. Parroquia Santa Rita, Madrid




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