Domingo XII del Tiempo Ordinario: Vivir arriesgando
25-06-2017 Punto de vista
El miedo es lo contrario a la confianza. Jesús muestra la actitud del Padre hacia nosotros a la vez que insiste en que no hemos de tener miedo. Se nos pide dar testimonio de nuestra fe, y eso tiene sus riesgos.
En las últimas décadas se han puesto de moda los deportes de riesgo. No son pocas las personas que para liberar la tensión acumulada a lo largo de la semana, dedican los días de descanso a practicar raffting, puenting, parapente o escalada libre. Quizá la rutina de nuestra vida de fe esté también necesitada de riesgos.

Decía el filósofo Soren Kierkegaard que no arriesgarse significa poner en peligro la propia alma pues ésta no puede desarrollar su vida sin asumir ningún riesgo. Correr un riesgo significa comprometerse en algo, embarcarse en alguna aventura cuyo desenlace es incierto. Esa es la clase de fe que pide el evangelio de Jesús y su seguimiento. Sin estar expuesto a daños y perjuicios la fe no puede ser válida. Una misión “indolora” no es la misión de los seguidores de Jesús. Proponer y vivir la fe como un camino interesante pero arriesgado traerá, a la larga, mayores beneficios que los que puede aportar una manera de vivir lo cristiano asentados en el sofá del mínimo esfuerzo y en el palco del cumplimiento escrupuloso. Cierto es que el riesgo se asume en la medida en que se capta la vida de Jesús como una vida de alto riesgo. La fe viva es una fe que arriesga. Podemos medir el vigor de nuestra fe por la audacia con la que encaramos el día a día. ¿Qué riesgos corremos a causa de la fe? No es mala pregunta. Una fe que no nos demande ningún riesgo se aparta bastante del camino de Jesús, vivido entre sobresaltos y riesgos, pero también lleno de gozo y confianza. Quien nunca asume riesgos, quien nunca se decide a asumir nada nuevo sin tener antes los cabos bien atados y el éxito garantizado y se conforma con verlo todo del mismo color dejando que la vida pase ante sus narices sin pensar que pueda ser de otra manera, difícilmente puede llamarse seguidor de Jesús.

En el evangelio de hoy  Jesús anima a los discípulos a no tener miedo a cuanto pueda sucederles a consecuencia del anuncio del evangelio. Un anuncio que nada tiene que ver con esconderse sino con vivir en medio de la sociedad anunciándolo con nuestra vida. Aquí es donde empiezan los problemas, pues una opción seria y consecuente por el anuncio del Reino lleva consigo la crítica y porque no, la persecución. Por ello es más fácil decir lo que no molesta, lo “políticamente correcto” que lo que pueda molestar. Pero Jesús insiste en lo contrario pues «nada hay encubierto que no llegue a saberse». Frente al miedo, Jesús muestra la compasión de Dios por medio de una preciosa comparación con los gorriones. El enemigo del seguidor de Jesús no está ni en la herejía, ni en el error sino en el miedo a decir la verdad. Debemos tener mucho cuidado con los maridajes y las alianzas; con arrimarnos al árbol que mejor sombra da pues nuestro mensaje admite pocas componendas. Hoy sobran los cristianos durmientes, momificados y acomplejados, cuando no desencantados del mundo que nos toca vivir, pensando que la sociedad nos persigue como si fuésemos el ombligo del mundo; o recurriendo al pataleo cuando no se nos hace caso. Necesitamos comunidades cristianas capaces de anunciar el evangelio, con la palabra y con la vida, pues la palabra sin la vida es inadmisible, y la vida sin la palabra es incomprensible. Más vale un profeta que mil fariseos cumplidores. Hemos de aprender a nadar contracorriente, a anunciar sin imponer, a aceptar al diferente, aguzar el ingenio para hacernos presentes en un mundo secularizado y laico.

Escribía León Felipe: Y ahora pregunto, ¿Quién es el último que habla el sepulturero o el Poeta? / He aprendido a decir Belleza, Luz, Amor y Dios para que me tapen la boca cuando muera con la paletada de tierra? No./ ¡Eh, muerte… escucha! Yo soy el último que hablo. ¡No hay que tener miedo! Frente a toda amenaza, Dios cuida de nuestra vida. El es Padre. Tenemos que preocuparnos por servir a los demás, de entregaros, de no buscar vuestro propio provecho, de vivir en el amor, de ser fieles. Dios vela por nosotros, pero la nuestra siempre será la última palabra. ¡Arriésgate, la fe es un deporte de riesgo, no un rezo compungido y remeroso

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto


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